12 noviembre 2008

¿La culpa es de Sor Juana?

Mucho se rumora que la poesía mexicana es solemne, desgarrada, "cor-ta-te-las-ve-nas". Al parecer, es lo que nos dejó De Asbaje y Ramírez de Santillana, buen tiempo atrás. Luego surgen "rimbombancias" y las quejas no se hacen esperar: que si es o no poesía, después, poema, o viceversa; quizá es estatismo, sedentarismo: un lugar donde sentirse cómodo. El foro está abierto: ¿cuatro siglos y seguimos(remos) siendo un minúsculo pie de página perdido en la tradición?, ¿surgirá de pronto, trasnochado, algún insensato que marque el compás y rompa con la "mentada solemnidad"?, ¿ese trasnochado está entre nosotros?, ¿vale la pena contestar o plantear tal disparate? La respuesta va en sus comentarios,

Las afinidades electivas / Las elecciones afectivas

10 comentarios:

Julio César Félix dijo...

No creo en lo absoluto que la poesía mexicana esté cifrada en la solemnidad; desde el xochitl in cuicatl prehispánico, pasando por Juan Ruiz de Alarcón, la propia Décima musa, por mencionar algunos ejemplos, pocos pero significativos, que no sólo no fueron solemnes, sino que hasta lúdicos eran y le imprimían humor a sus versos; no se diga ya en el XX don Renato Leduc, éste último declaraba en foros y entrevistas que para él la poesía no era su amada, ni su amante ni madre ni esposa, que era su tía. Recordemos el "Poema a una dama que nunca en su vida conoció elefantes" ¿cuál solemnidad?

Quizá vería que el planteamiento inicial pudiera ser por qué ha prevalecido la solemnidad ante el humor o ante lo lúdico en la poesía en México.

Saludos,

Julio César Félix

Anónimo dijo...

Siguiendo a María Zambrano, recuerdo que la poesía afirma cuando la filosofía pregunta. Sensato resulta ver y comprobar que esa es una figura y no una regla, pues antes de afirmar, Sor Juana Inés de la Cruz se pregunta. Se pregunta por el ser, se pregunta por el hombre, entonces dice. Lo cierto, al igual que con Nezahualcoyotl, es que lo que se va sabiendo bien es la ignorancia, porque se descubre lo que se ignora, ya el saber, o lo ya sabido, se convierte en instrumento, en dominio público, en lo útil para de nuevo andar entre dudas y errores preguntándose por qué y cómo pasa lo que ocurre. Sor Juana no es culpable porque ese término, aun siendo ella partícipe de la eucaristía y su fundamento de piedad y angustia, como el príncipe prehispánico lo fue de las deidades de natura, aun así, digo, es evidente que el concepto de culpa no cabe cuando de causas y efectos hablamos. Ni el entendido y versado en psicoanálisis podría afirmar tamaña infamia, pues la monja es menos culpable que causal de una tradición en la que se fusionan dos extremos: la expresión lírica y la reflexión filosófica que, en nuestro ahora venido en retro a razón de casi ya docientos años, llamamos rasgo intelectual en la expresión. Mal anda el que a sus dudas las confunde con certezas y torpe más cuando no se lee con cuidado, es decir sin prisa, lo que el tiempo, la tradición, conserva para nosotros, acredores de sus bienes. Entiendo que para algunos categóricos Deniz vino a decir con acento irónico que la poesía mexicana andaba errante en el callejón de la solemnidad. Pues vaya que no es así, antes Tablada, el propio López Velarde se reían, y allá Díaz Mirón y tantos otros veían con jocosas sintaxis lo que a reír nos lleva. Pero es claro que a Torri o a Leduc se les confunde con el buen humor, o a Zaid se le lee poco como poeta, o no está claro por qué la ironía en Becerra era un motor acelerante para su expansiva melancolía. Que padece la comunidad poética bilis negra no hay por qué dudarlo, pero que esa sea una condena está lejos de tener sentido afirmarlo. Cuando pienso en lo que el Rod pone en bandeja de conversación abierta, digo, bueno, joder, que no es cierto que cuando un poeta habla de tedio el poema es tedio, que cuando habla de alegría se es alegre. Como el regiomontano al que lo perseguía el sol de niño, hay que dejar que las gaviotas nos tomen los extremos y nos eleven con ellas y nos veamos tendidos en la playa, rodeados de gente que se pregunta si nos ahogamos o qué. Siempre un qué, luego de orinar o haber estado con los cuates o los compas o los amigos, un qué en el aire y un balbuceo adentro que va de la mano del príncipe prehispánico y de mi tía la monja, que de apellido se trata el subsuelo genealógico.
Habría que cuidarnos de la infelicidad y cultivar los hábitos de la templanza, que no por equilibrado se deja de vivir las emociones y sobrevivir pasiones. Leer la historia de la poesía en la poesía y en sus numerosos intérpretes lleva a formar juicio, pero no a dar razón a quien carece de prudencia. Hay que preguntarle a Castañón, que bien sabe diferenciar el perogrullo de la franca y útil disputa entre quienes no estamos de acuerdo y por ello surge la duda sobre la verdad que hay en cada cosa que sabemos o decimos saber.

Salud con la segunda copa y aún no es mediodía. Qué buena peda.

Josué Ramírez, bandeja de entrada de gmail de rodrigo.castillo.leam, 13/11/08

Anónimo dijo...

Creo que tenemos en México dos posturas acendradas a través de los siglos, mismas que han sido superadas por las literaturas de países como Islandia, el sector de los Balcanes, etc. Ante todo creo que entre el espíritu solemne y las intenciones irredentas la literatura mexicana se debate anacrónica en la panorámica de posmodernidad. Me parece que la literatura mexicana jamás ha discernido acerca de las influencias y corrientes fuera de una línea de temporalidad; todavía estamos en la aplicación de una especie de fundamentalismo darwinista de evolucionismo literario inocuo. Pensamos que algo tiene que ser superado por lo otro. Creemos que es posible la vanguardia o insistimos en la constitucionalidad de una “literariedad” tal como la entienden Marcescou y Barthes. Por otra parte nos encontramos ante las disyuntivas de una identidad nacional o más bien del punto ciego o ausencia de una figura unilateral, unívoca, no equívoca, de nuestra propia identidad para escribir desde la "mexicanidad".
Pero fuera de todo vanguardismo y solemnidad nos ha faltado seriamente una configuración de estructuras personales desde el individualismo, pues llámese movimiento de vanguardia o mafia tradicional, la literatura mexicana tiene rostro gremial y la manada necesita sentirse parte de algo. Al igual que Valéry desconfió de todo lo que ama el vulgo porque desde la historicidad más apriorística se evidencia la inestabilidad colectiva sobre una pedagogía poética. La gente, el vulgo, el común denominador, como le digan; piensa en la poesía como el poema coral de la primaria de gobierno. En México no hay taxistas que lean a Rilke, en Italia, sí. En México no hay pescadores que conozcan a Francois Villon o Gregory Corso, en Islandia, sí. Bueno, con esto creo que se sustentaría la postura valeryana.

Ahora bien, las retóricas del discurso "vanguardista" de la literatura de "rompimiento" (¿qué más quieren romper, no estamos ya lo suficientemente rotos tras la posmodernidad?) operan bajo los principios de la novedad. Lo "viejo" es desplazado por lo "nuevo" y lo "nuevo" envejece con gran celeridad. El propio fundamento de ser "absolutamente moderno" no ofrece ya ninguna novedad. Por otra parte, los planteamientos socio estéticos de Bordeau o de Weber marcan una pauta que califica a las "bellas artes" o artes de tradición como arte burgués; que si bien tiene una gran parte de verdad en los antecedentes socio históricos, también es un metafrando de un modus operandi de comprender los fenómenos estéticos que nos llevan hacia una ideología político-social y por ende de una ética-poética que intrínsecamente postula una democratización del arte. pero ¿es esto posible?, ¿es factible el arte para todos y que todos seamos artistas? Igualmente si aplicamos los principios del status quo en las diferentes vertientes vocacionales podremos afirmar (y con razones económicas de por medio) que la medicina es una carrera de burgueses, que la contaduría lo es más, etc; y no por ello habremos de convocar a que todos estudien medicina, ni que todos seamos contadores. El arte también requiere de un perfil vocacional. Lo que sucede con el arte de rompimiento es que corresponde a una tradición de rompimiento. Tan cómodo resulta el "refugiarse" en el tradicionalismo solemne como en la tradición poco más reciente de gritar y buscar el "rompimiento" que no rompe nada, al contrario, resulta en paradoja.
Por otra parte, es mucho más cómodo romper con lo establecido que la adopción de una disciplina (llámesele "solemne" si gustan) de investigación, recopilación, rescate, asimilación de la literatura antigua.
Creo que gran parte de los fundamentos de la literatura anti solemne se establece sobre los cimientos de discursividades posmodernas que eidéticamente son ad hoc a lo que estipulan, pero que materializan problemáticas hacia el interior de sus principios y sus resultados. ¿Realmente hay una literatura de vanguardia, de rompimiento que se haya consolidado? Creo que la mayor parte se va en intentos. Todo el trabajo de la literatura de vanguardia radical es un intento. Mientras que la literatura "solemne", tradicional, opera de manera más ambigua entre el legado literario y el planteamiento de retos al interior de la obra. Mismos que para una vanguardia radical resultan tibios.
Podría discutir inagotablemente el tema.

Reneé Acosta, desde la bandeja de entrada de gmail de rodrigo.castillo.leam, 13/11/08.

Anónimo dijo...

Tu pregunta me parece más enfocada a los poetas que a la poesía. Hablar del que escribe, del que rompe, del que es original, del que propone... Veo que está de moda hablar más de los poetas y sus excentricidades que del acto poético puro. Los poetas quieren ser alabados. La poesía ahí está, y ya, como los antiguos mitos, anónimos, perdura y se renueva. No creo que valga la pena darle tantas vueltas al asunto. Y la idea de persona, sujeto, individuo, a final de cuentas, poeta, debe abordársele desde una perspectiva psicológica, antropológica, histórica... No tiene caso imitar el discurso de la poesía en textos ensayísticos para referirse al propio poeta, para eso ya existen los poemas, dedicados y no dedicados. Hoy en día hablar del rompimiento de la solemnidad es una forma de enriquecer la vanidad del gran personaje que es el poeta, como quien dice: "a ver qué maravilla se le ocurre ahora". Hay que vivir la poesía sin tantos intereses particulares.

Julio César Toledo dijo...

Comparto la opinión del anónimo en cuanto a qúe, últimamente, se habla mucho del poeta y no del poema. Me da desconfianza pero entiendo un poco de dónde viene. Si bien seamos, quizá, los únicos que nos preguntamos mucho y todo el tiempo sobre nuestro objeto, es el pensar la poesía lo que ha llevado a la altura de este oficio. En ese sentido no me parece un despropósito: pensar la poesía, es una actividad que debemos plantearnos. Pero no necesariamnete el poeta, el crítico sí, y creo que en México hay buneos ejemplos que conjugan ambas actividades. Vivimos una condición inteelctual (llamada por algunos especialistas Postestructuralismo)extraña, todo el tiempo esperamos encontrar referncias ocultas: metalenguajes, Supratextos, etc; desconfiamos de los signos y de los significantes y eso nos ha permitido construir un ejercicio crítico interesante, pero a veces abusamos de él, los extralimitamos (en esta tradición de tensar las ideas) y nos vamos de bruces. Ahora bien, sí me parece un desrpopósito pensar si "ese trasnochado" anda entre nosotros, ¿qué más da? miremos el continum que es la poesía y discutamos sobre las herramientas que tenemos. La poesía es orgánica, no puedo imaginarla de otra forma, y va amoldándose al entorno, y es ese entorno el que hay que poner en la mesa de los académicos y críticos. La solemnidad no me parece el obstáculo a vencer, sino la ingenua percepción totalitaria de que la poesía "debe ser" y no "está siendo". Celebro la vocación de la pregunta echa, la intención de gestar opiniones sobre las posibilidades de la poesía. La tradición impera, sí, de alguna manera, y hay que rebasarla, sí, también. La colectividad de la reflexión permite, en ese sentido, imaginar combinaciones posibles de herramientas poéticas y avanzar en un consenso crítico y estético (que no debería de ser necesario, sino, sólo, útil), con la reserva de que la historia de la literatura y el ejercicio personalísimo del oficio, son, quizá dos cosas distintas; que si bien una puede nutrir a la otra, no será sino el tiempo quien pueda acomodar dichos elementos en los sitios (justos o no) en los que perdurarán. Porque la historia de la litertaura, como todas las hitorias, se cuenta desde la injusticia y desde la dictadura. Finalemnte, al escribir desde una actitud de conciencia historica y crítica, uno debe lidiar siempre con pequeños grilletes (Sor Juana, Alarcón, Paz, deniz [uno reciente]) y esa es una posibilidad, una opción de decisión.
Yo, al final, me contradigo porque la escritura no me parece, tampoco, algo que deba saberse de cierto y con claridad.

Baste ya de rigores, mi bien, baste.

Red de los Poetas Salvajes dijo...

Parece ser que la cuestión se estanca si decimos que se escribe desde la solemnidad tanto como de la anti-solemnidad. Esto ràpidamente cambia a una discusión como bien dijeron sobre la postura del poeta, una pose, ambas. ¿Desde dónde se lee, sabemos leer poesía también?, o leemos lo que rodea a la obra antes que la propia obra en los poetas recientes (paleros del poder). La poesía o propone algo o repite. No es que nos rebalse la solemnidad, nos llena la repetición, el panorama actual (hay dignas excepciones) está apantanado en las repeticiones, los puros calcos tanto de A como de B (de Paz como de Deniz). ¿Qué falta? honestidad, delirio propio, no prestado (y salir del cascarón poética-poeta-podio), interceptar nuestra poesía con otros planos. Originalidad y ganas de escribir. NO de ganar, no de aplastar, no de hacerse el payaso. Dejar estos asuntos de nuestros "monstruos" para el jurado de las mejores familias. Lo que será un estudio académico partirá de si nos tomamos la libertad, responsabilidad y riesgo o no. Transitar(difundir) los caminos existentes en la propia poesía mexicana (los hay: Joel Plata, Abigael Bohorquez, Orlando Guillén, así como el conocimiento (y lectura) de Latinoamérica: Hora Zero, Enrique Verástegui, Juan Luis Martínez,etc). Luego meterse ahí de veras, no chingaderas. Entrar es dejar la mitad de las entrañas en esa escritura que puede ser y en la que se puede creer, aunque te equivoques, ése es un buen comienzo.

Estoy de acuerdo con la D.I.R (servicio secreto de inteligencia en Internet) la pregunta era sólo un encabezado sensacionalista.

Anónimo dijo...

No soporto la crítica literaria, mucho menos la que rodea a la poesía. La poesía se degusta, se vive. Cómo vamos a criticar algo tan vivencial? No estoy de acuerdo, ni siquiera en que se formulen cánones para escribir un verso. Todo es creación. Además nadie se interesa en la poesía más que los poetas, seamos sinceros. Así que dejemos la solemnidad, porque estoy de acuerdo que esa no viene del discurso, Julio César, sino de la pose. La pose de los poetas que han alejado a los lectores de la poesía.

edegortari dijo...

anónimo, Tú lo dijiste: todo es creación: la crítica literaria también lo es. Y justamente por ser tan vivencial el arte o en este caso la poesía requiere ser completada por otro que no sea el creador. La crítica no es más que la elaboración expanción , reconstrucción y la celebración, o rechazo, de la experiencia de acercarse a una obra (ojo: no hablo de crítica impresionista, la buena crítica lo es, pero es muchas otras cosas también). Es decir: si la poesía es algo tan vivencial, su crítica también lo será. Por lo menos la buena.

Sinceramente me preocupa que ahora que el debate blogger propuesto por ROdrigo no da el margen para meterse en el terreno del chisme y el insulto ahora sí nadie comenta. Es habla muy mal de nosotros.

En lo que tienes toda la razón del mundo es respecto a la pose de los poetas. Efecivamente su actitud ha alejado a los lectores de la poesía, por lo menos de la que le atañe a este blog, pues la poesía se sigue consumiendo de otras formas. Y seguirá. Los poetas tienen bien ganado el rechazo del público. Saludos.

Julián Herbert dijo...

Regreso a la pregunta inicial: ¿La culpa es de Sor Juana?... Me parece que no. Coincido en que términos diversos se han confundido en las recientes discusiones de poesía. Una de dichas confusiones es la que sustituye lo sublime por lo solemne; otra, la que se refiere a la experimentación como si su único asidero fuera la herencia de las vanguardias históricas; otra más, la que confunde la creación artística con el irracionalismo.
Woody Allen dice que la comedia es tragedia más tiempo; podríamos decir lo mismo del sentimiento sublime: algo que nos conmueve profundamente y luego, visto con distancia intelectual (es decir con ironía) revela sus rasgos risibles. Este proceso no es meramente destructivo: es una necesidad ética de darle estructura al Absoluto, a lo trascendente. Lo solemne no es lo sublime: lo solemne es materia artística que no ha sido actualizada ni por lo irónico ni por lo sublime. Se puede ser solemne y pretender ser humorístico: la solemnidad es, me parece, un atributo de índole oratoria, no poética.
Lo mismo sucede con la confusión entre experimentación y vanguardias: la experimentación es propia de la poesía, viene de la tradición. Decir que estas prácticas ya están cauducas equivale a leerlas con un espíritu limitado al presente, un paradójico tradicionalismo que desconoce la tradición. la technopaegnia existe desde el 300 a.C. El poema-performance está en Píndaro. La poesía concreta móvil puede equipararse con la máquina de Lulio. Por otro lado, lo experimental toma su tiempo en decantarse: el endecasílabo fue un metro experimental que tardó cerca de doscientos años en aclimatarse al español. Pretender que la herencia de las vanguardias históricas está agotada es pensar contra lo que la tradición nos ha mostrado.
Por último, decir que la creación no necesita de la crítica me parece una tontería. todo acto de creación es un acto de crítica: lo mismo la filosofía de Heidegger que las novelas de Raymond Chandler. La poesía es una crítica del lenguaje, de las estructuras semióticas. la historia de los estilos es una historia de la crítica a la realidad y a la percepción comunitaria del Absoluto. Si hay algo de lo que no ha prescindido jamás el arte es de un ámbito crítico (incluso aunque despotriquemos contra él: metacrítica que se expresa desde el arte, como la muerte de un crítico de cine narrada en una película de Night Shyamalan). Decir que todo es creación y la crítica no importa describe para mí un mundo atroz, aburridísimo: un mundo sin inteligencia, sin desacuerdos, sin pasión. La reflexión no es agua fría: es la necesidad ética y humana de entibiar el ardor que viene de las vísceras. La crítica, como alguien ha dicho, no es una actividad solemne: es una pasión. Como la poesía.

Abrazos,

J.

El indagador de sombras dijo...

La poesía, el poeta. Hoy en día hay muchos poetas pero poca poesía. Lo sorprendente es la intimidad que muchos han logrado entablar con el lenguaje. La postmodernidad ya no es solamente un fenómeno que se manifiesta a través de algo, sino que ya figura como un ser en sí mismo, una abstracción que permea diversas áreas del desenvolvimiento humano, llámese poesía o pubicidad, no hay mucha distancia entre estas dos. El poeta hoy en día es un excelente autogestor, y esta preocupación constante de nombrarse, y de que otros lo nombren, obnubila la intensidad con que debe vivir para crear auténtica poesía. A veces escribo, pero ya no sé si me gusta que me digan poeta, esta palabra ha agotado gran parte de su significado, como si un águila hubiera nacido de ella y dejara solamente un cascarón triste. Pero el águila existe e inunda el firmamento, y busca su nombre, uno nuevo y regenerado. ´Por eso me gusta voltear hacia arriba, rezar para que siga habiendo poesía.
De tantos y tantos poetas que hay ya no es convicción el acto de escribir, sino pura superficie llana de signos y fórmulas, y búsqueda de formas, pero sólo eso.
Hay que prender los nervios al paso del relámpago para sentir el pulso, para saber morador en el mundo, amigo de los cantos.